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Hay algunas cosas que no tienen precio
Venció el prejuicio y la vergüenza y se anotó en una agencia matrimonial. Hace un año y medio que encontró el amor: compraron una casa y están buscando su primer hijo.

Fin de semana entre cuatro paredes. Sola. Un programa de radio sonaba a lo lejos como única compañía. “Ese sábado no había armado programa con mis amigas, sabía que no iba a salir, que me quedaría en casa. Además, como las chicas con las que solía ir de vacaciones se habían puesto de novias, también estaba planificando mis vacaciones, sola”, cuenta Alicia C., de 41 años, que pide no revelar su verdadero nombre.

Pero esa tarde algo pasó que le permitió vencer los prejuicios y le dio la llave de esa puerta que necesitaba abrir con urgencia, y no le encontraba la vuelta. “Le estaban haciendo una entrevista al dueño de una agencia matrimonial y empecé a escuchar. Dijo que se presentaba gente con ganas de conocerse, que no había por qué asustarse. Personas de edades similares con los mismos intereses y gustos que estaban cansadas de ir a los boliches y de buscar por Internet”, se explaya.

Alicia se puso a escuchar atentamente la radio y, de pronto, se sintió identificada con las historias que contaban, muchas veces frustradas, para encontrar el amor. Ese amor comprometido que ella necesitaba en el alma y en el cuerpo. Y que, por alguna razón, le era esquivo.

“Anoté el nombre de la agencia y me metí en Internet para ver cómo funcionaba. Reconozco que yo tenía mucho prejuicio porque socialmente no es muy aceptado buscar un hombre a través de una consultora matrimonial -se sincera-. Ni hablar de contárselo a alguien. Eso no se cuenta. ¡Jamás! (ríe). Y pensé: ‘¿por qué no?’, pero después me pregunté qué tipo de gente iría a esos lugares. Y me dije: si voy a ir yo, pueden también inscribirse personas parecidas, normales, con ganas de encontrar una pareja. Me animé y llamé a la consultora”, relata.

Vencer los miedos

La única batalla que se pierde es la que se abandona. Y Alicia sabía que tenía que intentarlo, al menos, porque “sentía que ya era imposible, tenía casi 40 años, no había logrado construir una pareja estable con miras a formar una familia. Cada vez se hacía más difícil: en el trabajo son todos casados, mis amigos ya no tenían a quién presentarme. En la calle no me animaba a conocer a nadie, por el tema de la inseguridad. Y, en los boliches, están todos de joda. El círculo cada vez se cerraba más”, admite esta mujer con pelo travieso y figura esbelta. “¿Qué puedo perder?”, se preguntó. Nada, pero tal vez podía ganar mucho. De hecho, así sucedió.

Tomó impulso, llamó y concertó una entrevista. “Traté de ponerme lo más linda posible y ser lo más simpática que los nervios me permitían -dice-. Tuve una charla muy extensa en la que hablé de mis preferencias: quería conocer un hombre de mi edad o similar, en principio soltero o separado, pero sin hijos. Después veríamos si se conseguía a alguien con esas características”, detalla.

Alicia tuvo que completar una ficha con sus datos personales y características propias, y otra con los rasgos pretendidos del caballero en cuestión. Además, firmó un contrato con carácter de declaración jurada, condición indispensable para ingresar a la base de datos de la consultora. Llevó una foto, la mejor que tenía, para que algunos postulantes la conocieran.

Se sabe, lo primero entra por los ojos. Pero la intención de Alicia era clara. Quería formar una relación estable con proyecto de familia. El mismo objetivo que venía persiguiendo, sin éxito, desde hacía muchos años. “Mis últimas elecciones fueron equivocadas. Un muchacho con el que salí estaba recién separado. ¡Error! Otro era un chico siete años menor, muy inestable, y el último vivía demasiado lejos. No nos veíamos nunca -reconoce-. Es cierto que una a veces se boicotea, por algo estuve sola, soltera a esa edad, ¿no?”.

Con esta toma de conciencia a cuestas, Alicia hizo terapia un tiempo y recorrió algunos senderos hasta ese momento desconocidos. Y esperó a que la llamaran de la agencia.

Una voz en el teléfono

Tres días después de la entrevista, Alicia recibió un mail con la ficha de un hombre y su foto. “Hablamos por teléfono para conocernos, quedamos en encontrarnos, pero un día antes de la cita le salió un trabajo en Mendoza y se fue”, se sincera.

Dos días más tarde recibió otro mail, igual que el anterior, pero con los datos de otro hombre. “Lo primero que me gustó fue su sonrisa; me llamó y me invitó a salir el fin de semana. Ese sábado pasó a buscarme por mi casa, fuimos a tomar algo y después a cenar. Estuvimos charlando desde las nueve de la noche hasta las tres de la madrugada. Todavía no era el amor de mi vida, pero la pasé muy bien -se le escapa una sonrisa-. Y a partir de ahí empezamos a salir todos -y sólo- los fines de semana, porque él vivía en Haedo y yo en Recoleta”, cuenta.

El hombre en cuestión se llama Daniel y es gerente de ventas en una empresa. Su entusiasmo y ansiedad pusieron nerviosa a Alicia. “Al principio me asusté, Daniel estaba más embalado. A la tercera salida ya hablaba de bebés. Yo no estaba ansiosa, en terapia había hecho una revisión sobre las cosas en las que me había equivocado y, más allá de que me resultó simpático, agradable y me gustó, quería darme tiempo, ver qué pasaba, ir despacio”, recuerda. Pero Daniel no la asustó tanto, porque Alicia se quedó.

“Al mes de salir me dio el primer beso y recién la vez siguiente pasó lo otro -dice con tibia timidez-. Y nunca más nos separamos. Hace un año y medio estamos juntos, compramos una casa en Martínez y estamos buscando nuestro primer hijo”, comparte.

Pese a que su bautismo en la agencia matrimonial no pudo dar mejores frutos, cuando llegó el momento de las presentaciones familiares, a Alicia le dio vergüenza contar cómo se habían conocido. “Cada uno inventó una historia distinta. Él le dijo a su familia que nos habíamos conocido en un boliche, y yo les conté a mis amigas y a mi familia que había sido en un cumpleaños de un amigo en común. ¡Un día nos vamos a pisar!”, dice y ríe.

Los amigos más cercanos de Daniel saben en realidad cómo fue el encuentro. Pero Alicia no se lo dijo ni a su mejor amiga. “A pesar de que me fue bien, sigo teniendo prejuicios con las agencias matrimoniales. No tengo ganas de que lo sepan y que algunos digan que no pude sola”, admite.

Más allá del prurito de Alicia porque se sepa cómo se conocieron, ella valora la acción que llevan a cabo estas consultoras que reúnen gente afín y con ganas de establecerse afectivamente. “Lo que hay que pagar es considerable. El costo es alto, pero bien lo vale. Si tuviese que volver el tiempo atrás, pagaría el doble o el triple para conocer a Daniel. Hay determinadas cosas que, si disponés de dinero, no tienen precio”. El amor, por ejemplo.


Fuente: Mónica Soraci


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